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¡QUÉ susto, la rinconada!
¡Qué ahogo, la costanilla
en cuyo alto apenas brilla
una luz tartamudeada!
Caminar desatentado,
de callejón en plazuela.
¡Vuelta a la pueril escuela
del pavor casi olvidado!
¡Qué me acecha, o quién? La brasa
de mi esperanza, ¿por qué
la ronda qué pistolero?
A las puertas de esta casa
-prestada-, en salvo, no sé
por qué, me quito el sombrero.
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